La «revolución» del gas pizarra
EE. UU. busca energía sin límite con su gas de esquisto, mientras vende al exterior su carbón altamente contaminante
Día 22/11/2012 - 11.47h
En Estados Unidos están locos por el «fracking», la técnica
de fractura hidráulica que permite liberar el gas de esquisto, una
forma no convencional de hidrocarburo, de las rocas que lo retienen. El
presidente Barack Obama anunció eufórico en su discurso
del Estado de la Nación el pasado enero que el país tiene gas para más
de cien años de consumo al ritmo actual. Y cree que la extracción del
también llamado gas pizarra («shale gas» en inglés) ayudará a crear
600.000 empleos para el final de la década. El candidato republicano, Mitt Romney, incluía esta forma de gas como uno de los pilares de su estrategia de independencia energética.
En el cambio de milenio, los campos de gas estadounidenses
languidecían. Las tecnologías de perforación horizontal y de fractura
son conocidas desde hace décadas, pero todavía en 2000 no se extraía un
centímetro cúbico de gas pizarra. El angustioso objetivo que marcó
Richard Nixon en 1973, tras el «shock» petrolero, de alcanzar la
autosuficiencia energética en 1980 parecía más lejano que nunca. Hasta
que en 2007 estalló la llamada «revolución del gas pizarra». Hoy día,
uno de los estados clave en estas elecciones, Pensilvania, alberga el
segundo campo gasístico más grande del mundo, detrás del gigante
«offshore» iraní de Pars Sur, en el Golfo Pérsico.
Independencia energética
El «gas pizarra», obtenido mediante la inyección a alta
presión de agua, arena y productos químicos contra las rocas que rodean
los pozos, ha pasado en una década de representar el 1% de la producción
doméstica de gas en 2000 al 20% en 2010. Se considera que, en la
actualidad, podría suponer ya un tercio, y el departamento de Energía de
EE.UU. estima que alcanzará el 46% en 2035. Aunque no existe un
consenso sobre las reservas extraíbles existentes, al largo plazo es uno
de los factores -junto a la producción de bio-combustibles y formas no
convencionales de petróleo (arenas asfálticas etc.)- que, según las
predicciones de la compañía BP, llevarán a EE.UU. a alcanzar la
independencia energética en 2030.
La implicación a largo plazo es todo un movimiento sísmico
geoestratégico para las relaciones de EE.UU. con Oriente Medio, Asia y
los países de la OPEP. Pero, al corto plazo, la Arcadia feliz del «gas
pizarra» ha tenido dos consecuencias más inmediatas cuyos supuestos
beneficios pone ahora en cuestión un informe presentado esta semana por
científicos del Centro Tyndall sobre cambio climático de la universidad
de Manchester. El gas ha sustituido al carbón como
fuente de generación de electricidad. Durante décadas, este servía para
proporcionar la mitad del consumo energético en EE.UU. En 2011, la cifra
había bajado al 42%, la más baja desde 1949, según cifras del
departamento de Energía de EE.UU., que prevé que en 2012 el porcentaje
sea solo del 36%. Este desplazamiento del carbón por las formas
convencionales y no convencionales de gas ha permitido a EE.UU. reducir
sus emisiones de CO2 en un 8,6% desde el máximo alcanzado en 2005, hasta
volver a los niveles de 1992. Un círculo virtuoso que se convierte en
tóxico cuando se introduce en la ecuación el impacto en el exterior. El
efecto de sustitución descrito ha abaratado el coste del carbón
estadounidense, que ha pasado a ser exportado fuera de las fronteras de
EE.UU. El carbón es, según el último Informe Estadístico de BP, el
combustible fósil que más rápido crece. Representa ya el 30% del consumo
de energía primaria en el mundo, el nivel más alto desde 1969. Y su
consumo ha crecido un 8,4% en países emergentes, según la Agencia
Internacional de la Energía. Los precios más bajos en los últimos 18
meses y la ineficacia disuasoria del mercado europeo de emisiones hacen
más «sexy» todavía al carbón.
El efecto de este «revival negro» del carbón -la fuente de
energía que más CO2 produce- es alejar un poco más el objetivo de
reducir un 2% las emisiones en 2050 para mitigar el cambio climático.
«Los cálculos presentados en este informe sugieren que más de la mitad
de las emisiones de CO2 evitadas en el sector eléctrico de EE. UU. han
sido exportadas como carbón», explican los autores del informe de la
universidad de Manchester. «Debemos considerar seriamente si esta edad
de oro del gas es en realidad una celda dorada que nos atrapa en un
futuro alto en carbono”, alerta John Broderick, responsable del informe.
Tranquilidad estratégica
Con la dialéctica política instalada en las estrategias de
salida de la crisis -con la llamativa excepción del alcalde republicano
de Nueva York, Michael Bloomberg, apoyando a Obama por sus políticas
sobre cambio climático-, la «revolución del gas pizarra» seguirá siendo
percibida como un yacimiento de empleo y tranquilidad estratégica en
EE.UU..
Pero, desde el punto de vista energético, las implicaciones
ambivalentes de la apuesta por el gas preocupan a muchos. Según
alertaba Paul Stevens en un informe publicado en agosto por el respetado
«think-tank» británico Chatham House, «el gas podría terminar
sustituyendo no solo al carbón (barato) sino a las (relativamente caras)
energías renovables; muy malas noticias desde el punto de vista del
cambio climático».
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